CREAR UNA COLECCIÓN

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El coleccionismo no tiene como objetivo la mera conservación del pasado artístico; al contrario, cada colección abre las puertas hacia la ampliación e, incluso, la búsqueda de nuevos objetos artísticos. Una buena colección no se nutre de piezas del pasado y nunca debe ser conservadora, porque desde un buen conjunto se concibe a menudo el futuro, y la condición indispensable para que surjan nuevas obras de arte, es que existan lugares culturales dónde ubicarse.

Todo arte verdadero, el más valioso, el de más alto nivel, está en los grandes museos y en las mejores colecciones privadas. Éstas, con sus legados, donaciones, depósitos, han dado consistencia a las colecciones de los mejores museos.

La fotografía, que sólo tiene 160 años de historia, no ha ocupado hasta hace poco más de veinte un lugar predominante en las grandes colecciones de arte. De hecho, el mercado, según las grandes casas de subastas, no comenzó a estar maduro hasta 1992, año en que empezaron a dispararse los precios pese a la crisis existente en el negocio del arte. Ese año, el dealer californiano Hawkins hizo público el precio más alto de pagado jamás por una fotografía: 250.000 dólares por un vintage de André Kertész titulado “Chez Mondrian” y datado en 1926. El hecho de que esto ocurriera durante una recesión, lejos del calor de una subasta por una diminuta y elegante imagen en papel de tarjeta, dice mucho sobre el nivel de sofisticación que el campo fotográfico ha alcanzado en los últimos años.

El año en el que se celebraba el 150 aniversario de su invención (en 1989), la Secretaría de Estado de Cultura de Portugal encargó a Jorge Calado el inicio de la colección, hoy en el Centro Portugués de Fotografía (CPF). Como él explica en el libro titulado “1839-1989, Um Ano Depois/One Year Later” el encargo nacía sin complejos nacionalistas y con una única limitación: dinero.

No cabe duda de que las colecciones son mejores cuanto más posibilidades económicas se tienen, pero el tiempo y la oportunidad no dejan de ser los mejores aliados. Por entonces aún se podía acceder a obras canónicas de grandes autores a precios asequibles. Calado comenzó por comprar obras que eran como los faros que más alumbraron en la historia del medio.

¿Por donde empezar? Walter Benjamín decía que toda colección bordea lo caótico, pero que la pasión del coleccionista está justo entre el caos y la memoria. La colección del Centro Portugués de Fotografía comienza por la memoria y apuesta por la mejor fotografía internacional. Con acierto se compran obras de Fox Talbot, Fenton, Hill y Julia Margaret Cameron pertenecientes a la edad de oro de la fotografía británica; Atget, modelo de coleccionista que recoge una documentación exhaustiva sobre París, y otros grandes del siglo XIX fueron algunas otras de sus prioridades. En una colección no podía faltar Stieglitz, considerado la figura dominante de la fotografía americana del primer tercio del siglo XX, así como dos compañeros en Camera Work: Paul Strand y Edward Steichen. La segunda decisión importante que tomó el responsable de la colección, fue la de volcarse en los autores seminales del siglo XX a partir de los años 30: Walker Evans, Robert Frank, Stieglitz, Steichen, Kertész, Bill Brandt, August Sander y otros, que forman parte de nuestro consciente colectivo. Calado no olvidó buscar obras de autores extranjeros importantes que hubieran fotografiado Portugal, lo que engrandece la colección, porque no hay nada mejor para enriquecer la mirada sobre un país que verlo a través de ojos ajenos o, como diría más poéticamente Borges, “decir asombro donde los demás dicen costumbre”.

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