ARMANDO HERRERA – El fotógrafo de las estrellas

Hace setenta años Agustín Lara fue a retratarse por primera vez al estudio de Armando Herrera. Luego regresó muchas veces más, pero entre tantas sesiones, la de 1948 fue muy especial porque dos fotos pasaron a la historia: la que ahora está inmortalizada en la estatua del Maestro en la Plaza de La Corrala, en el Barrio de Lavapiés en Madrid; y la del acercamiento a sus manos, tocando el piano. Aquella sesión marcó el gran despegue de la carrera de Armando, el “Fotógrafo de las Estrellas”. Porque después de haberle hecho esas fotos al gran ídolo y compositor veracruzano, todos los artistas, actores, compositores, bailarines, cómicos y cantantes, quisieron retratarse con él.

armandoherreraPrácticamente todos los personajes que formaron parte de la Época de Oro del cine en México, pasaron por su estudio.
Agustín, de quien Armando guarda gratos recuerdos, se convirtió así, sin saberlo, en su “padrino”. Esos fueron tiempos gloriosos: un día llegaba al estudio Pedro Infante, al día siguiente se apersonaba alguno de los hermanos Soler o Tin Tan, y al otro día llegaban “Los Panchos“. A “Los Panchos“ los retrató durante ¡cincuenta años! El fotógrafo vivió intensamente aquellos años, porque era amigo -o terminaba siendo amigo- de muchos de los talentosos artistas que llegaban a su estudio.

Armando recuerda que Pedro Infante era un jovencito que siempre andaba “en las últimas” (sin dinero). Iba al estudio a pedirle prestada su guitarra (porque a Armando le gustaba componer canciones) y unos pesos. Eventualmente se hicieron cuates y por las noches se iban juntos a recorrer las carpas.

“Ese era el gran don del abuelo -platica Héctor, su hijo*-: se hacía amigo de todo el mundo. Tenía una forma muy cálida de tratar a la gente y sobre todo, de dirigirla. Los que iban a retratarse no sólo salían con fotos, sino llenos de consejos para su imagen y para el escenario”.

Armando fue muy guapo cuando era joven. Además de que le gustaba pilotear aviones, era gran aficionado al box y manejaba una moto. Un tipazo, como lo atestiguan las fotos. Desde aquellos tiempos Esperanza Isunza, su esposa -que en paz descanse-, decidió irse a trabajar con él al estudio. Lo acompañó, manejó la administración del estudio, atendió a los clientes y se encargó de cobrar, hasta el último día que abrió el estudio. Durante sesenta y cinco años -afirma Armando- “ella fue el alma del estudio”. Ella, que fue una mujer preciosa, de tez blanca y pelo ondulado, tan bella como cualquiera de las actrices que retrataba Armando, contaba discretamente a sus nietas: “Fíjate mi hijita que las artistas eran muy coquetas y tu abuelito tan guapo… ¡yo tenía que estar ahí!

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